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Nuestras tardes de té

Por Ana Pino

 

Lloraba sobre la tetera. Creo que por eso íbamos siempre a tomar el té allí, en su casa. Era extraño. Incluso fuimos la tarde que murió Elena. Nos reunimos en su casa, como siempre, y ella trajo los tés.
—He llorado sobre la tetera —nos confesó.

Repartió las tazas y fuimos tomando sorbos pequeños mientras Elsa todavía removía con la cuchara. Hablamos de la nueva sombrerería milanesa que abría al día siguiente en el centro. Decidimos los modelos que compraríamos, y cuales regalaríamos.

Todas alabamos el té, una vez más, como todos los días, antes de irnos.

Elsa se ofreció para comprarle una tetera nueva.

—Conozco una tienda... —empezó a decir.

No tardamos mucho en ir de nuevo a tomar el té. El día del entierro de Elsa. Después de servírnoslo y mientras alabábamos la nueva decoración de la salita de té, ella miró largamente a la señorita Irma, nueva en la ciudad, que ese día llevaba una pamela enorme, deliciosa.

—He llorado sobre la tetera —confesó con un gesto dramático.

Bajo la pamela la señorita Irma siguió removiendo su taza. Nosotras hablábamos de la sombrerería y del baile de esa semana.

Antes de irnos, por supuesto, alabamos el té.

 

 

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